GASTON HERRERA
Viernes, piso 7, el cajero automático que retiene mi tarjeta, llego con las manos vacías, Gastón huele a limón y la sensación de vértigo me invade.
Gastón me invita a hacer un house tour, pide disculpas por el desorden, me habla sobre una mudanza futura.
Mientras se calienta el agua para preparar te, salimos al balcón trasero y quedo hipnotizada por una pileta verde radioactivo que no logro entender si esta pintada de ese color, o si esta totalmente podrida, Gastón con su habitual tranquilidad, sonríe y no puede llegar a darme ninguna explicación posible.
Calmo, en apariencia, me hace una síntesis de su vida desde que fuimos compañeros de curso hasta hoy y de golpe sus manos se empiezan a esconder en el buzo, se frotan, las piernas se cruzan y se cae de la silla sin más. Enérgicamente se repuso y seguimos, sin reparar en lo sucedido, charlando como dos vecinas que cuentan cosas de otros vecinos, sí, con Gastón nos permitimos “chusmear” y estuvo re bueno.
Sabiendo mi preocupación por el evento del cajero me presto plata, la cual prometi devolver y casi imperceptiblemente volvió el chico caballero, tímido y encapuchado al cual despedí con un abrazo mas fuerte de lo habitual





















